Carreras
Nació entre las tribus errabundas del Asia, casi todas
criadoras de caballos y cuyo fanatismo para esta clase de diversión es quizá, aún hoy,
insuperado. Desde luego, nada tiene que ver con las competiciones en los hipódromos . Los
mogoles, como un ejemplo, lanzan sus cabalgaduras sobre un recorrido que a veces alcanza
los 30 km. Los jockeys son muchachos menores de catorce años cuya única habilidad es
darle latigazos al caballo desde el momento de partir hasta la llegada. Lo asombroso de
esto es el temple de acero de tales caballejos, lo que explica a las claras cómo los
asiáticos de los siglos pasados pudieran estar constantemente a las puertas de Europa.
Bien, pronto este deporte se difundió en el mundo
occidental, aunque, a diferencia de lo que ocurría en Oriente, se prefirió,
probablamente por influencia del carro de guerra, correr precisamente con carros.
Un segundo clásico, Aristófanes, hace ver en Las
Nubes cómo el mundo sigue siempre igual al hacer reír con las penas del angurriento
Lésina redarguiendo al hijo Perdulario que malgasta el patrimonio en caballos de raza y
carreras...
En Grecia éstas fueron admitidas regularmente en la
XXIII Olimpíada y en seguida en los juegos pitios, nemeos y en todos los demás.
Pisístratos los introdujo en Atenas.
También se corrían montando caballos, por lo común
un jinete sobre dos, tres y hasta cuatro caballos a la vez pero ello era más bien
exhibiciones de habilidad.
En la Antigua Roma era tal el entusiasmo por ese
deporte, que se montaban monumentos a los vencedores y los caballos recibir coronas,
costumbre ésta por lo demás aun en uso.
Los vehículos de dos caballos se llamaban bigas, los
de cuatro cuadrigas. La
pista de los hipódromos estaba dividida al medio por la espina, que no era otra cosa que
una pared en cuyos extremos o metas se colocaban siete bolas en forma de huevo o bien
simulacros de delfines que se retiraban de a uno por cada vuelta dada por los
competidores. Los
carros arrancaban desde las carceles, pequeños recintos, debajo del oppidium o castillo. El emperador en
persona daba la señal de partida. En unos mosaicos de la
época romana hallados en Españas y conservados en el museo nacional de Barcelona se
pueden ver con la mayor claridad los detalles de una carrera entre los romanos.
En cambio, en las ruinas de Herculano, en las cercanias
de Nápoles aun se lee que Helvio a quien se podía encontrar en la hosteria de Croco
informaba sobre todos los caballos vencedores un dia antes de las carreras.
Habitualmente, estos espectáculos eran tan sangrientos
como cualquiera de los que se ofrecían en los circos, pues los contendientes lanzados a
las mas furiosas de las carreras y enardecidos por los rugidos de la muchedumbre,
terminaban por chocarse nos a otros con los carros, transformando asi un juego en una
contienda sin cuartel después de la cual solo quedaban escombros de carros amontonados
con cuerpos de hombres y caballos malheridos o muertes.
Inútilmente se levantaban voces sensatas que
reprochaban tales desvaríos, los cuales solo lograban aumentar el desinterés general
hacia la cosa publica y contribuian a la decadencia del Imperio.
Otros pueblos tambien Germanos y Británicos, solian
correr con carros y sin ellos, pero donde el entusiasmo alcanzaba limites increíbles eran
las pistas de Vizancio.